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miércoles, 22 de agosto de 2012

¿Qué quieren de mi?

Pequeñas contradicciones de la vida cotidiana. Educar a nuestros hijos nunca fue sencillo. Sin embargo hoy, las tecnologías, el auge del consumo y la importancia de la mirada del otro parecen complicar aún más la tarea. ¿Los adultos exigimos cosas que ni nosotros podemos cumplir? ¿Son frecuentes los dobles mensajes? Aquí, la palabra de los especialistas que ofrecen un manual de ayuda para salir airosos del desafío. “No es lo mismo un padreque se dé un gusto a que los chicos tengan ese mismo derecho. El ‘igualismo’ no es buen camino. Porque no es lo mismo haber trabajado y darse un gusto a que ellos tengan tododado de antemano.”MARIA ESTHER DE PALMA, presidenta de la Sociedad Argentina de Terapia Familiar. No sé qué quieren los adultos de mí” Renata lo vomitó así, sin más. Fue liberador. Pero ni bien lo puso en palabras, le pasó la angustia a los grandes. A los 11 años, Renata venía de protagonizar un incidente en el colegio relacionado con los vínculos entre pares que desembocó en una reunión muy civilizada entre sus padres, la directora y una psicopedagoga. Conclusión: los directivos, preocupados por la formación de los clásicos grupos de chicas en el aula, habían puesto en manifiesto el deseo de que todas se llevaran bien, que todas fueran amigas. Renata era amiga sólo de unas pocas, con las demás tenía una relación digna del cuerpo de diplomáticos. “¿Por qué quieren que sea amiga de todas? ¡Si con algunas tengo cero onda! Si en la vida uno no es amigo de todo el mundo, no sé qué quieren los adultos de mí”, les retrucó a sus padres, cuando estos volvieron del colegio y se sentaron a charlar con ella. Nunca se imaginaron que esa respuesta dejaría en evidencia las contradicciones que cargamos los adultos. ¿Por qué queremos que los chicos sean amigos de toooodos sus compañeros si nosotros tenemos sólo tres? ¿Por qué pretendemos que no digan malas palabras si nosotros las decimos? ¿Por qué les exigimos a ellos que no vivan pendientes del celular o de Internet cuando, en realidad, nosotros hacemos lo mismo? “En general, los adultos les pedimos cosas a los chicos que ni siquiera nosotros mismos cumplimos. De hecho, si mínimamente reflexionáramos sobre lo que hemos dicho seguramente nos daríamos cuenta de los dobles discursos”, dicen Natalia Manuale y Florencia Rodríguez, creadoras de la consultora en educación Blooming Child. “La vida familiar está llena de estas contradicciones. Algunas obedecen al estrés de los padres. Pero si se continúan podrían afectar a los chicos, haciéndolos sentir inseguros y con baja autoestima”, piensa Claudia Amburgo de Rabinovich, médica psicoanalista especialista en chicos y adolescentes de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Aquí, algunas situaciones y cómo las analizan los especialistas. CONEXIONES. Desde hace tiempo los dispositivos tecnológicos e Internet han redefinido el escenario cotidiano. Sin embargo, en muchas familias todavía hay resistencia a que sus hijos estén todo el tiempo conectados a las computadoras o sus celulares inteligentes, aparatos que ellos mismos les han comprado. “Me la pasaba prohibiéndole la computadora y al final tuve que ceder: si la mayoría de las tareas del colegio suponían búsquedas en Internet o hacer trabajos con procesadores de texto”, reconoce atribulada Carola, mamá de una adolescente. Para Laura Jurkowski, directora de re- Conectarse, una institución pionera en el tratamiento de problemáticas asociadas al uso de Internet, este relato se está volviendo cada vez más habitual: “En la consulta, y después de ahondar en el funcionamiento familiar, vemos que los mismos padres que les exigen a sus hijos que apaguen los celulares o las computadoras mantienen prendidos los televisores o sus teléfonos abiertos para chequear mensajes durante la cena”, cuenta Jurkowski, que es psicóloga y especialista en terapia familiar. “Hay una contradicción entre lo que decimos y lo que hacemos frente a los otros. Los padres intentan que sus hijos vayan por el buen camino, pero en lo que a tecnología se refiere no están convencidos de cómo hacerlo. Entonces suelen poner límites poco razonables, como sacarles los celulares, prohi- birles por seis meses el uso de los videojuegos o de Facebook. Y si prohibís, tal vez pierdas la oportunidad de educarlos en el buen uso de la tecnología”, apunta Jurkowski. Para Mariana Maggio, profesora adjunta de Tecnología Educativa de la UBA, esta contradicción es habitual. “Tal vez esto suceda porque hay cierta tendencia por parte de los adultos a considerar como malo todo aquello en lo cual no participamos. Algunas personas, además, tienen con la tecnología cierto prejuicio: se juzga como mala a la computadora, como también se juzgaba como mala a la televisión”, dice Maggio. Según ella –que es autora de Enriquecer la enseñanza (Paidós)–, así como las redes sociales están instaladas culturalmente, hoy es casi impensable estudiar sin computadoras ni conexión a Internet: “Hasta los padres de los chicos de sectores más vulnerables se dan cuenta del valor cultural que tiene estudiar con computadoras y acceder a Internet. No siempre los chicos están perdiendo tiempo si a las 11 de la noche siguen chateando con compañeros: ¡a veces se están pasando apuntes!”. Sin embargo, no todo es color de rosa. Al igual que Jurkowski, Maggio sostiene que hay que poner pautas. “Lo que los adultos tenemos que hacer primero es reconocer que Facebook es hoy un instrumento de socialización y que prohibirlo es poco realista: ¡se conectarán con otro nombre desde un ciber o la casa de un compañero! Es importante admitir que las computadoras tienen un uso cultural y que por las redes, sus foros y lecturas, pasa la educación contemporánea. Teniendo en cuenta que nuestros hijos son diferentes a nosotros, hay que insistir mucho sobre los temas del cuidado personal (evitar dar datos) para luego establecer acuerdos. Aunque a algunos les convenga, está claro que pasarse quince horas frente a la pantalla no es saludable”, asegura Maggio, y pone como ejemplo una hora de videojuegos y una hora de lectura. A los chicos más dispersos habría que proponerles que se desconecten hasta que terminen sus tareas. Pero para lograr todo eso es preciso adoptar otra actitud: “Construir horas de calidad es un desafío para esta generación de padres. Para garantizarlas, tenemos que poder apagar nuestro celular cuando estamos con nuestros hijos. Si tienen Facebook, hay que exigirles que te acepten como amigo. Y eso no supone invasión a la privacidad, ya que Facebook es un lugar público para compartir, como un restaurante. Si se pasan horas y horas twitteando, la clave es aprender de qué se trata. Es que para generar pautas tenemos que convertirnos en usuarios avanzados”. (…) Textos: M. F. Sanguinetti.

martes, 5 de mayo de 2009

¿Cómo educar a nuestros hijos?

Nosotros, los padres actuales, tenemos dificultades para formar a nuestros hijos. Es un problema que se plantea en todo el mundo, más o menos con el mismo nombre: falta de autoridad.

Dicen que tenemos un sentimiento de culpa que nos impide poner límites. Primero, porque trabajamos demasiado (empujados por la sociedad de consumo compramos más cosas de las que podemos) de manera que compartimos poco tiempo con la familia. Segundo, porque en general somos divorciados, de modo que inevitablemente hemos provocado sufrimiento a los niños. Peor aún, nos hemos mostrado humanos, falibles, fracasados, furiosos, deprimidos, todo lo cual nos quita el pedestal de autoridad que siempre sostuvo a la figura de Papá y Mamá.

Sin duda esto es cierto. Pero algunos logran éxitos admirables.

¿Cómo hicieron, por ejemplo, Bill Gates (padre) y su esposa Mary para encarrilar a un muchachito insolente que en unos años se convertiría en el hombre más rico del mundo, un filántropo, un benefactor de la humanidad y un genio contemporáneo?

Gates era un típico abogado de provincias, con domicilio en la ciudad de Seattle. Su esposa, una esmerada ama de casa, que tuvo tres hijos y los educó con los típicos valores de la clase media estadounidense.

¿Cómo se vivía en la casa de los Gates? Metódicamente: todos se levantaban muy temprano. Mamá Mary los obligaba a estudiar con aplicación. Además, cada uno debía practicar un deporte y tocar un instrumento musical. Presentarse a comer a la hora indicada, correctamente vestidos, saludar a las visitas, ordenar su habitación, hacer la cama, etc, etc.

Muy temprano en la vida, Bill Gates hijo se reveló como un hijo-problema. Desordenado y desobediente, discutía todo lo que se le indicaba. A partir de los 11 años, las trifulcas con su padre, el doctor Gates, fueron resonantes. El padre era (y lo es ahora, a los 83 años) un hombre altísimo, de firme autoridad. Pero no lograba que el chico le hiciera caso.

Típico: lo mandaron al psicólogo a los 13 años.

- ¿Cuál es el problema, querido?- preguntó suavemente el psicólogo.

- Mis padres y yo estamos en guerra - respondió el chico.

- Ajá. ¿Y qué es lo que se discute en esta guerra?

- Sé discute quien manda. Si ellos o yo.

A los tropezones, los Gates fueron estableciendo algunos acuerdos con el adolescente infernal, según la clásica técnica del tira-y-afloja.

No faltaron momentos de alta tensión. Como una tarde, cuando el joven Gates contestó una impertinencia a su papá y éste, desbordado, le arrojó un vaso de agua a la cara.

- Gracias por la ducha - respondió el púber, sin que se le moviera un músculo.

De alguna manera lograron que el muchacho iniciara sus estudios en Harvard. Todo un logro, teniendo en cuenta lo difícil que había sido de muchachito. Pero los Gates tenían la virtud de no abandonar. Con discusiones, portazos, presiones sutiles y otras no tanto, mantuvieron la bandera con la divisa de su clase y su nación: estudiar, trabajar, madrugar, esforzarse, correctamente, puntualmente, prolijamente ... Por otra parte: ¿Qué desea un padre abogado para su hijo, sino un bufete igual, con la misma chapa?

Un día, Bill los sorprendió con la noticia de que abandonaba sus estudios en Harvard. "Una triste novedad para los padres, que habíamos impulsado con toda nuestra fuerza al hijo que amábamos. Sólo pretendíamos lo normal: que fuera a la facultad y trajera un título bajo el brazo".

En realidad, ya Bill Gates hacía cosas que no eran "normales" desde los 13 años. Pasaba la noche en la Universidad de Washington, usando las computadoras de la academia. Se empleaba como programador de una planta eléctrica cuando todavía no había cumnplido la mayoría de edad. Nada escandaloso: sólo raro.

Finalmente, y para angustia de sus padres, dejó Seattle y se radicó en Albuquerque, Nuevo Méjico, para fundar una empresa con su amigo Paul Allen. Esa empresa era Microsoft.

El joven Allen empalmó su vida plenamente con la sociedad del conocimiento, la cibernética, la era de la PC, y se convirtió rápido en el hombre más rico del mundo.

Pero esto tampoco era lo que sus padres habían soñado. También resulltaba un poco raro. Tan joven, tan rico, tan desmañado, y en una industria tan estrafalaria ...

-No puede ser, Bill -decía la madre-. Una persona no puede ser millonaria, pero tan millonaria como vos, sin ayudar al prójimo. Tenés que pensar en dar una parte de lo que ganás.

La prédica puritana de los padres, machacona como sólo los padres podemos serlo, acabó por agotar la paciencia de Bill Gates, que ahora era un hombre ocupado y estresado: "¡Basta por Dios, papá y mamá, déjenme en paz! Estoy tratando de hacer funcionar mi propia compañía ..."

La madre de Gates murió en 1994. Su padre, el insistente abogado, inmune a todos los rechazos, siguió presionando a Bill para que donara una parte del dinero que estaba ganando. Porque su fama de millonario atraía pedidos del mundo entero: escuelas, asociaciones vecinales, ONG s, sociedades de beneficencia, hogares de huérfanos, asociaciones de caridad para refugiados, le dirigían cientos de solicitudes en todos los tonos. Pero era imposible atenderlos sin formar una empresa exclusivamente para ese fin, pues se trataba de administrar millones de dólares en beneficencia.

Finalmente, Bill Gates hizo caso a sus padres. Primero, adelantó su propio retiro, que había planeado para los 60 años. Y segundo, designó a su propio padre, el tesonero abogado octogenario, al frente de la "Fundación Bill y Melinda Gates".

Este buen señor administra un fondo de 30.000 millones de dólares. Exclusivamente con fines benéficos. Por otra parte, el propio Gates hijo ya no hace negocios. Tal vez considere que, al día de hoy, hizo demasiados.

A mi modo de ver, estos dos padres duros como la roca y generosos como santos (nunca pidieron nada para ellos) transmiten con su conducta un mensaje para papás y mamás de hoy: aunque te digan antiguo, ridículo, autoritario, transmití tus sentimientos. Tus hijos acabarán por escucharte, aunque ya estés en la tumba, como la pobre Mary Gates. La educación también es una batalla que debemos afrontar sin pudor. Atravesando portazos y desplantes, visitas al psicólogo, situaciones que no comprendemos y que no nos gustan. Tesoneramente, hasta el fin.